tan lejos como el gitano vaga






Buscando hablar del amor que siento en mi alma se me escapan tantos versos por mis ojos que no logro encontrar la forma ideal de decirte cuanto te amo. Cuanto los amo a todos solo por existir y dejarse que en días como estos, yo los sienta tan cercanos, tan bellos, hermosuras del mundo mío. Miro las calles de la ciudad dormida, por los pasajes donde deambula la vieja de los perros, me detengo, miro arriba, los edificios de la gente con dinero, los rojizos colores de la tarde melancólica y este frio que siento en mis manos, los humos que se expulsan por las bocas, un tabaco que enrolo en el paradero, esperando la micro de la utopía, hacia los viajes del centro, de mi corazón gélido. Amo, amo, estoy todo los días amándote humano. Perdóname por no decirlo, por callarme, por no desnudar estos nudos y por tomar silencio cuando por dentro quiero resbalarme por tu cuerpo poniendo pétalos violetas, amando cada parte de tu sencilla piel.  Les recito mis versos a los pájaros, a los niños que miran si les sonrió, a mi madre a la distancia, a mi rostro en el espejo. Me siento mágico cuando me deslizo por el tan tan de la vida, sabes, en el ritmo de lo sutil. Pienso en todos los sonidos poéticos que sonarían si yo me percatara de las imágenes que se esconden de mi terquedad. Ay vida mía, un suspiro para vos. Un suspiro de amor, sublime elixir que nos hace libres, a pesar de no lograr encontrar los rostros únicos.  
  
Me muerdo el labio, estoy drogado, drogado de versos, de poesía, de sueños. Me subo al tren de la memoria y me pongo a mirar por las ventanillas a mis niños tristes.  Observo a la lluvia que se deja sentir en la ciudad, inmóvil frente a la ventana, perplejo viendo como todo ocurre, los cierres de jornadas, los humos de las casas, las fabricas cerradas, parias del cerro, la rabia en mi garganta. Desde aquí me imagino las risas familiares de un domingo, al niño comiendo su pan con mantequilla, a todas las madres sentadas, tomando el mate dulce.  Yo desde aquí, escuchando el piano suave, invocando a los brujos, siendo el mayor brujo, sintiéndome tan melancólico a mis veintitantos. Mi maduro esplendor, sentirme lucido cuando todos estaban borrachos. Y sí, es cierto, solo pienso y merodeo, estoy aquí, luego me vuelo, pero no, no, no me odies. Hoy tengo mil excusas para cerrar puertas sin explicación alguna, pero así y todo, loco, perdido y todo, puedo encontrarme en el pórtico, repleto de amor y esperanza, aunque de pronto se me hayan ido las ganas, escribiendo dulcemente como única salida para ser feliz.

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