El viaje de acuario



9 de febrero, el día de mi muerte.  El día donde comenzó todo. 






Año 2015, Bolivia. A 3200 kilómetros de Malleco. Hace algunos días hemos llegado a Sorata, un pueblito bello de los que guarda el altiplano boliviano. Junto a un montón de amigos que he conocido en la ruta y junto a tantos sueños que puse para llegar acá. No sé cuánto ha pasado desde que partió mi viaje desde el sur de Chile. Solo recuerdo que dije que a este lugar volvería. Sorata, de la provincia de Larecaja, el paraíso de la marihuana.  En 2013 lo conocimos cuando mochilie con dos de mis amigas del puerto bello de  Valparaíso. Fue un viaje hermosísimo, en el que mi mente recordó una frase que tomaría toda mi existencia: uno siempre tiene o debe volver a los lugares donde amo la vida. Y claro, aquí estoy, siendo el mochilero de más al sur que conozco. Acordándome de mi pueblo y pisando tierras que sé que no olvidaré.  Fuerzas, energías y pensamientos venideros de amor y cariño han llegado este día a mi alma. Un día pedí newenes a mis seres queridos y hoy me han enseñado que en verdad las vibras viajan, que en verdad miraron el cielo y, que en verdad, un reflejo fugaz de las estrellas les evocó a mi persona. ¿Cómo no sentirse en delirio por el mundo? La realidad a  veces me supera, suele ser increíble o surreal; irreal. No lo comprendo. Quizás esa fue la posible causa de tanto estrago. Quizás. No lo sé. Hoy no es el día para pensarlo. Hoy, que es 9 de febrero y, sin quererlo, mucha gente lo sabe. Fisher ya me lo dijo. Mi madre, que espera que la llame, también. Lo sabe también la gente linda que me ha recibido en sus casas y los cabros bellos que hoy en día apañan en el camino. Lo saben, soy un acuariano por excelencia. Se siente el perfecto cariño de los cuerpos, la humildad de las manos, los ojos en mis ojos y la mutua complicidad que, a medida que pasaban los días, generé con este territorio. Yo, que soy quejón en exceso, simplemente no tendría por qué quejarme en este lugar.


Pagamos precios y riesgos muy caros para conseguir… lo que la naturaleza nos dá nadie nos debería prohibir’


¡Despierta! ¡Despierta! ¡Wah! El mañanero nos dejó a todos aturdidos. Cuerpos que fallan al primer acto. Anoche, en una fogata al lado de nuestras carpas, le di gracias a la vida. Me tomé un fernet y abracé a mi madre por amarme. A mis amigos por perdonarme y a la tierra por darme las respuestas. El día empezó hace rato y en la casona se comenta que hoy en la noche dos chilenitos, Anto y Manuel, dan la vuelta al sol. Qué locura nos espera. Aun así, aquello no es excusa para no incursionar y darle rienda suelta a las ideas. Tampoco existe excusa para dejar de lado aquellas caminatas melancólicas por las tardes, tardes enteras que recorrí en búsqueda de estados ecuánimes de la existencia. Se pensó y se hizo, se sintió y se actuó. Me gusta más así.
El grupo crece en la cocina; bolivianos, argentinos, colombianos y chilenos. Todos amigos. Los contratiempos dan vida a los tambores. Los cerdos corren por el campo, corren por todo el pueblo. Un huerto que florece y florece frente a mis ojos me enseña a cruzar el charco. Los cerros de este lugar te abrazan. Goce  de amor: respirar libertad. Este lugar rebosa de vida por todos lados. Es extraño porque su crecimiento se apodera de mi cuerpo. Me deja inmóvil y luego doy vueltas y vueltas, pero  sigo ahí, donde mismo,  posando como idiota, sumergido en aquel lugar onírico donde todos deberíamos vivir. Se escuchan voces imposibles en medio del naufragio, pero Martin, mi amigo argentino con el que cruzaremos a Cuzco, me vuelve a tierra: “Che, Manu, ¿conoces las viejas locas?”. Deliramos un rato y con varios más, escuchamos Homero fumando yerba. Quizás Martin y Juan, el otro argentino que conocí en unas cuevas de miedo, sean mis mejores amigos en unos años más. Córdoba tiene que esperar. Cada vez que pienso o sueño con Córdoba, lo siento tan real. Será un buen destino. Lo presiento. 
Pasa la tarde y luego de largas caminatas por el paraíso volvemos a la casona. David, el dueño del lugar, todavía se acuerda de mí y me da un apretón de manos fraterno. “Hoy es tu fiesta” me dice. “Hoy nos vamos de fiesta todos” le digo yo. Ñoquis para la velada, vinos y singanis de la gran hermandad son la alegría de la noche. María la loca, la que Marcos se empecinó todo el día en conseguir. La verdadera reina del lugar. Qué  locura fue esa noche. Increíble. Abrazar a la vida tal como la narran mis escritores de bolsillo y no pedirle nunca nada más a nadie. Eso pensé. Eso desee y así lo sentí antes de dormirme. 

Placer y dolor es lo mismo, placer y dolor es lo mismo’

Despierta el lunes. El sol llega a nuestros ojos. Renacen los zombies en esta tierra intacta. Llena de vida, completamente salvaje. Desnuda solo a veces, solo cuando logras entrar al punto donde el cosmos y la vida terrenal coinciden. No hay resaca ni malas caras. Nuestra celebración continúa y es el mismo día. Todos a la casona. En la cocina rodeada de dibujos hay un escrito que dice: El universo está aquí adentro. “Ya lo sabía”, pensé mientras cocinábamos el almuerzo del día. Ya me perdí en un mar de cadáveres y después fui arrojado a tierra. Ya me perdí en las estrellas y estas mismas me lanzaron al infinito. Me perdí en muchos lugares hasta que un día como hoy, me encontré con mi otro yo. El universo está aquí adentro. ¡Vaya verdad! ¿Quién no le creería a Jim Morrison? ¡Ahá!  Nadie. Así como nadie en su justo raciocinio creería que todo está dicho.  Nada lo está y nosotros seguimos estando en el mismo lugar.  “Una galleta para los cumpleañeros”, dijo soma, un amigo chileno que conocí en La Paz hace algunos días. Y así fue, una galleta, como tantas otras que nos hemos comido por estos lugares, pero que incrédulamente nunca pensé que lo cambiaría todo. ¿Quién va andar cuestionando algo en lugares como estos? ¿Quién? ¿Quién? Si tras cada porro hay una sonrisa y todos sabemos que alguien que sonríe en su dicha claramente no está pensando. ¡Pum! ¡Pah!  Y en la mesa todos jugando cartas mientras Onda Vaga suena por los rincones del lugar.  Yo estoy en otra. ¡Vaya novedad! ¿Y quién no? Si hay un río que cruza el vergel y el sonido armonioso de sus aguas entra por mis oídos como si mi cabeza estuviera bajo una cascada. Así es fácil. Hay información por todos lados. Y en esa misma recepción de vida, en un momento, de la mesa todos se paran. Yo quieto, pasmado, con mis ojos brillando, frente a frente con la montaña. Y de pronto pareciera que el efecto de la marihuana provocara alucinaciones, como las alucinaciones que te causan los honguitos. Toda la realidad y los colores se hicieron parte de una misma entidad. Increíble. Tuve la sensación de que todos volvieron a sus lugares, pero yo no nunca supe volver al mismo lugar. Arranque, corrí cerca del río y puse mi cuerpo en el puente y contemplé, contemplé cuanta vida, cuanto delirio pasaba a través de las ramas de los árboles. La realidad trastocada y mil voces nacían desde el interior de mi alma. Cientos de letras emergían y se fundían con mi melodía y, mi vocabulario, se transformaba en la hidra que había fermentado durante todo este tiempo en mi cuerpo. Un sueño muy real, por cierto. Demasiado para tratarse solo de un sueño. Logré salir de aquella paranoia hermosa, donde mil frases, mil palabras estallaron y se esparcieron por los rincones del universo. Mi labia, cuan volcán en erupción, barrió con toda una historia.  

Tiene que ver, tiene que ver, tiene que ver… contigooo.

Era una locura por donde se le mirara. Una locura irremediable. Quise refugiarme en la calma y en mi intento por canalizar la furia que recorría mis venas, bajé, bajé tanto, pero nunca de mi delirio, solo baje al río, a un río que se escondía en medio de la selva verde que cubría los alrededores del pueblo. Y bajé para sentir los golpes más intensos que mi humanidad hubiera conocido alguna vez, Yo frente al río tratando de desafiar a la vida y a las malas intenciones que mi mente creaba. Saliendo trasquilado. No creyendo en nada. Perdido en la selva, escuchando una melodía fatal. El corazón saliéndose de mi cuerpo, mis ojos hirviendo y sin nada más que hacer. Pum pum,pum,pum,pum. Latido tras latido. Por mis venas recorrió una explosión. En mi imaginación algo azul salpicaba todos los rincones y mi cuerpo moribundo subía a gatas el cerro. Llegando a la carpa. Muerto, hermano, estoy muerto. Hermano. Ayuda. Esas eran mis palabras. Las últimas palabras que un humano intranquilo y ciego pudiera emitir. Entre la oscuridad se extendieron unan manos que me levantaron y subieron a la casona. Estaba oscureciendo. Creo que eran cerca de las siete de la tarde, o al menos eso creí escuchar. Todavía quedaba algo azul en mí. Confundido y todo, la muerte era lo único que podía contemplar. Descomposición frenética, mi rostro congelado y mis manos temblando como las manos de un enfermo de parkinson. Demencial panorama para el sureño de más al sur del lugar. Todo se iba al carajo. Ninguna ayuda podía sanar mi corazón podrido. Nada le hacía sentido a las fuertes ideas que siempre tuve. Me sentía frágil, tan frágil como nunca imaginé sentirme. Como nunca lo estuve. Desquebrajándome en mi ley. Perdiendo lo único que siempre tuve, la esperanza.

 como el tiempo es hoy, no escuchan lo que les conviene, solo escuchan lo peor’

Nada ha cambiado y yo sigo estando en la misma tierra. Y de cuando en cuando, uno que otro amigo viene a mí y me dice: “Hermano, tranquilo, todo va pasar”. “Todo va pasar”. Lágrimas no me salen, pero las imágenes de los tiempos más hermosos de la vida se proyectan a través de mis ojos. “Hasta aquí llegué” pensaba. Como un mito, perdido en drogas. Las fatales miradas de las personas más importantes se posaban sobre mí. Las tiernas sonrisas que siempre amé, esta vez se despedían para siempre. Esta vez todos se despedían de mí, todos aquellos que siempre me exigieron mucho más, todos los que alguna vez depositaron sus esperanzas en mis actos y aquellos que alguna vez se encariñaron con mis fatalidades. Qué perdido. No me encontraba por ningún lugar y la respiración se me atragantaba al llegar a la boca. Pronto oscurecería por completo. Los tambores sonaban a pocos metros de mi locura. Yo casi en lágrimas y con dificultad para comprender lo que ocurría a mí alrededor. Ruido en mis oídos; el pálpito agitado de mi mente. Nada, comprendía nada. Era un continente despedazado por un huracán vengativo. Quién se lo hubiese imaginado. El niño acuario perdiendo la esperanza. Moribundo, clamando a los  cielos. Pidiendo piedad. Exigiendo ayuda por todos lados. ¿Y exigiendo qué? Me abofeteo la cara. Esa fue la pregunta y poco a poco entré en razón. En un pequeño momento de lucidez, recordé aquel escrito en la cocina rodeada de dibujos. “El universo está dentro”.  Que soy fuego, que destilo vida y que vibro al buscar la utopía de mis sueños. Algo se encendió, un fueguito pequeño. Recordé la hidra, esa que nacía bajo tormentosos y grises. Recordé a mis compañeros. “Yo también soy la hidra huracanada”, pensé. Mi risa algo alocada tomaba confianza de sí misma y jugando con la vida, convertía mis pulsaciones en un juego, transformaba a la muerte en una instancia como tantas otras. Solo una risa bastaba y otra vez cavaba la tumba de esta inercia fatigada. Qué locura. Una y otra vez, entendiendo. Haciéndome parte de ese juego en el que había caído. De esa pérdida total de la vida. Y mientras un amigo venezolano me ensañaba a tocar un instrumento a cuerdas, en medio de la locura de aquella galletita, mi ternura me regalaba un abrazo de madre. De esos abrazos que recibías cuando eras pendejo, con la tele prendida y a punto de dormir entre el calor entrañable, en una complacencia que solo ella lograba darte. Tonada a tonada y mi corazón lloraba, toda mi alma lloraba. Todo mi ser, creyendo por fin en lo que siempre tuvo que creer. En el universo que llevamos dentro. La culpa nunca la tuvo la droga, nunca la tuvieron los cigarrillos ni los tragos. La culpa no es de nadie. No hay que mortificarse. Yo estaba hecho pedazos y la naturaleza, amiga de mis pasos, me quiso echar una mano para encontrar mi destino. Conocí lo más crudo y terrorífico, en el abismo mismo. Hoy han pasado algunos días desde que aquella historia sucediera y en ese transcurso volví a comer varias galletas más y fumé decenas de porros. Pero nunca volví a ser el mismo. Nunca volví a sentirme de la misma manera. Fue el viaje de mi vida. El viaje de la plantita, no el viaje en sí. El viaje del alma.  El miedo no salva a nadie. El asco es el enemigo del placer y todas esas verdades son fragmentos de esta sangre. Del que cayó y todavía tiene mucho que aprender. Del abatido por sus propios métodos. Del que perdió la esperanza para luego recibir una bofetada de la realidad. Ese soy yo. Uno más, como tantos otros. Acariciando la vida después de que ella, embellecida por sus fuerzas, me golpease. Las cosas no pasan porque sí, eso se lo dejo al clero. Las ideas y pensamientos del cosmos dieron vuelta la órbita y hoy están junto a mí. Eso no pasa todos los días. Es así como termina todo.  Del caos al sol infinito. Del fuego a la primera flor de este prematuro campo.

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