Una rosa en el asfalto
Camino
con un poema. El poema posee los colores del bosque. Tú imagínalos. Tiene el
aura del cielo. Es un poema que ríe, de ahí surgen sus ojos achinados, ellos
juegan con las caricias del mundo. Su movimiento es vertiginoso. Se enfrenta a
las escenas, a los dramas, al guionista, a los actores. Se disipan todas las
películas del pop: aquí yace un nuevo estilo. En una noche lluviosa le disparo
al señor del tiempo, abofeteo la amargura, puso sus pies sobre la muerte. El
poema inhala. El poema exhala. De allí toda la sabiduría de los árboles. Se
envuelve en sus alas, me quita los ojos y los pone encima del firmamento:
conozco Saturno y su anillo mágico, un pájaro de arcoíris sobre el sol, la
noche estrellada de La Frontera oculta. Hola poema, le digo y prontamente se
abren torbellinos, bucles infinitos, una dimensión perdida: su nacimiento fue
en una plaza verde, ahí bebió cerveza y movió las manos como armando el agujero
negro. Ahí fui metiendo mis pies en su agua, y me recordó a nada de lo que haya
vivido. Mi barco vago sin coordenadas. Fui malabarista en el limbo de un cuerpo.
Me sentí otro lunático del Abya Yala. Mis pies quedaron manchados. El poema es
reflejo del (sub) continente sudaka, del océano pacifico, del cielo anaranjado, de la sangre
rebelde. Me dice no busques en tus recuerdos, que haces ahí, no hallaras nada
en la biblioteca. El tabaco tampoco quemará tu emoción. No huyas con tus ojos
rojos arriba del conejo gigante. Está
incertidumbre también es tuya, sabes, estabas queriendo un empujón. El
poema sobre todo es energía, amor de los animales que suben las montañas
alucinantes, un chamán que le grita al viento, es de los pájaros que duermen
soñando con la luna. Despiertan en la madrugada gritando la utopía, recibiendo
las ofrendas. Aunque el poema también tiene pena, y su lágrima se esconde en
laberintos, en pasajes asfalticos donde la angustia le arrebata el misterio
celeste. La historia de la reminiscencia. Pero el poema toma malta en el Bar
del Diablo, hace salud sin pesar cerrándole el ojo al cantinero. Da abrazos que
desarman las constelaciones humanas. Las vuelve frágil. El poema es poeta, es
música, es pintura, es revolución. El poema es la poema, le poème, un poema que es una bomba
con rosas y sonidos. Bajo las raíces del tiempo, son sus pies sobre la tierra
húmeda, reconocimiento de una madre que
la alberga en la jungla. Su hogar. En el carril del tiempo, el poema vibra en
su propia carretera resplandeciente: deambula sin cadenas o vagabundea para
cortarlas. El poema quiere ser feliz, y el poema es una ilusión de orificios;
el poema es una voz cautivante, un misterio de la caverna. El poema canta con
los animales marinos, con las ballenas, con los monos, con los niños que besan
las hojas. El poema se pierde en el horizonte de las luces, de los autos y de
las calles. Lo miro desde lejos, hasta siempre le digo: sus huellas van
sembrando las flores insólitas, el cosquilleo de las estrellas, una esperanza
en la vida. El poema se encuentra en el horizonte de las alondras, de las montañas y de
los valles. Aquí, en esta ciudad oscura, el poema es una rosa del asfalto con la
luna llena tatuada sobre los ojos; ahora lleva un graffiti radiante en su pecho.


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