Boleto de ida hacia la tristeza




Me subo al Cordillera de Nahuelbuta, el bus se dirige hacia Traiguén, yo me bajo en Villa Trintre, que debe su nombre al cacique Juan Calvún. A mi vista, los niños que recién salieron de las escuelas, pómulos altos, pelo chuzo, piel morena y ojos caídos, todos miran por las ventanas escuchando música. En el paisaje solo hay árboles forestales. En el último paradero se suben otros piel morena, de ropas manchadas, de la construcción, de la limpieza, auxiliares del liceo Ballacey. Los niños se paran cuando un mayor se sube. Yo me bajo en la Juana Manquiñir donde me espera la señora Ana. Conversamos con un mate mientras su sobrina Rayen, hipnotizada se ríe con la Peppa Pig. Cerca de tres horas sentados al lado de la cocina a leña, donde preparó un pollo para la once. Las historias en piso de tierra, el trabajo de nana desde los doce años, la abuela que enseño a sentirse orgullosa de ser mapuche, el rol como dirigenta de la comunidad, algunos de los temas que nos mantuvieron en la mesa. Mi sueño, Manuel, es que en el futuro seamos más fuertes como pueblo, me dice. A las siete y treinta le pusimos fin, hora que llegó su marido. Miguel es su nombre, de pasada me contó que el aserradero había quebrado, con ello su hijo y otros doscientos quedaron cesantes. Me salió a despedir su perro y siguió cayendo la lluvia, en este lugar, que también es Wallmapu. En mi mochila guarde un frasco de trapi que me regaló amablemente, yo en mi silencio con el corazón conmocionado, esperando el bus que diga Angol, la ciudad del subir a gatas, donde también existen mapuche (o si no pregúntale a Quelentaro). Vuelta a mi barrio, por la calle Colipi, voy con mis discos de rap triste, pero no voy triste, estoy completamente serio.

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