Llanto pálido del cielo










Bailemos
bajo la lluvia
en una noche sin tiempo
soltando carcajadas para que se cuelen por los pasillos donde la gente no es feliz
pensaba mientras veía los autos pasar por la avenida
mientras encendía un tabaco con poleo
aspirando certidumbres.
Arriba de mi bicicleta, acompañado de sonrisas humanas
llegue a la cima, imaginando otro mundo
uno donde no viviéramos hacinados en casas pequeñas
en el cual la vida se colmara de bellezas
allí donde el arte lograse desnudar la vida.
Bajando del cielo a una velocidad vertiginosa le gritaba a la lluvia:
“¡Tenemos que soñar en grande, tenemos que aullar como jaurías en el bosque
perdimos la riqueza de nuestros árboles pero estamos vivos!”
sin razón solté un par de lágrimas sentado en la banca más oscura de la capital
masticando nostalgias pretéritas, mientras acariciaba un perro que llame Charly
levante mi testa, sabiendo del diluvio, del hambre de los perros que caminan por el pasaje
y de la ausencia de afectos.
¡Qué época tan miserable…!
giré mi mirada y vi como los borrachos de la esquina escupían sangre enferma
al piso donde viejos obreros habían construido dignidad.
La bruma espesa llegabá al cerro, extinguiendo toda luz al fondo del camino
cerré mis ojos y camine por unos minutos en silencio
al rato me arme de fuerzas y sonreí.
Escribí con rabia en las murallas: vengaremos a los nuestros
por si la policía se asomaba, corrí lo más fuerte que pude y salté
lentamente deje caer mi cuerpo, hacia las praderas donde el hombre es libre
mientras se escuchaba una música ensoñada
y mis músculos poco a poco cedían.
A medida que mis ojos se cerraban recordaba historias antiguas
reía por dentro, hacia memoria de tanto amor vivido,
de tantos sabores en mis labios, de tantas mañanas despertando exhausto
en busca de los periódicos, en busca de mis compañeros
en busca de mis anhelos
que caminaban raudo a la huelga de brazos caídos.
Pasaron unos minutos en los que no logré descifrar espacio ni tiempo
pero sonreía, como un loco cuerdo les sonríe a los demonios de lo desconocido
hasta que desperté, postrado en el dormitorio
fatigado en mis huesos, con heridas en la frente
con la ropa rasgada y mis pies descalzos
pero nada, nada fue tan terrible.
Me asomé con las pocas fuerzas de mis piernas
a mirar por la ventana el volar de los pájaros
la tranquilidad de un día nublado
yo por dentro sintiendo un fuego temerario
haciéndome de valor frente a los días que nos quedaban.  

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