Boleto de ida y vuelta: Pasajero y Cometa
"Quizás fueron las ruinas que dejé detrás
Por eso no le temo al fuego pero si a las cenizas"
Kase O
Voy por calle Colipi escuchando mis discos de rap triste
pero no voy triste, estoy completamente serio
La cima, ya no es ningún desafío. Aunque un anuncio diga: peligro
ellos deben temer. (Algunos chicos del barrio se fumaron la biblioteca
y con ojos rojos echan vistazos fuertes a la realidad).
El humo, sube por todas las casas y el otoño se vuelve más verdadero y
cristalino
al subir la calle todos son recuerdos, ninguna son preguntas:
los primeros besos en la esquina del jardín, las escondidas, las
rodillas raspadas
las derrotas de un partido, las iluminarias de la cruz de mayo, el haber
sido niño
todas esas son certezas o lo fueron, tal como mi abuela que vivía en la
otra cuadra.
Aquí están todos los que arrancaron del hambre o de la empresa forestal
y fundaron el nuevo barrio: se llama Retiro y vive gente de muy avanza
edad
también los borrachos, los drogadictos, los que no aguantaron en el
manicomio
y los que sin dudar dan el diezmo y la vida por la iglesia. Hace un
tiempo todos ellos se están muriendo.
Aún recuerdo que al salir del colegio franciscano un perro grande me
ladró
me asusté tanto, porque luego detrás de unas rejas a oscuras me tiraron
piedras.
Pero lo más crudo fue al anochecer. Todos recuerdan ese día:
Tuvimos que cerrar las puertas y agacharnos: afuera en la calle estaban
en guerra
pistolas, fierros y gritos desafiantes, como las pandillas de USA,
pero estos se apodaban Lautaro, Cazuela y Chicota.
Lo recuerdo con terror, porque ese día amenazaron a mi hermano con un
arma.
La casa donde vivo, la construyo mi tío y desde aquí puedo ver toda la
ciudad
vivimos en las alturas del pueblo. En los 90’s aparecía en las portadas
de los diarios,
la droga, la violencia y cuantas cosas que no se dicen, se dijeron.
Aunque esas durezas gélidas nunca cruzaron la puerta de nuestras almas.
Mi padre, un comerciante de verduras y mi madre, una leona inalcanzable
dieron la batalla: fue gracias a ellos que me convertí en lo que soy.
En la habitación que tuve desde niño conversaba con las estrellas
cuando llegue a ser adolescente creía realmente que interactuábamos
o sea que ellas, me lanzaban fuerza y poderes mágicos y yo los recibía,
luego cuando salía a caminar por la orilla del Pikoiquen confiaba en esa
verdad.
Y las veces que salía a embriagarme con mis amigos y todo se volvía
caótico
había una luz o una ventana abierta, de esas que no se cierran más.
Un día la ciudad (antes de serlo) se quemó entera y luego se fundó,
así ocurrió 7 veces, hasta que la bota militar pacificó a los
salvajes.
Un día llegue a mi casa y los cerros que veía desde la ventana, ardían
en llamas
todos los medios gritaban <<TERRORISMO, TERRORISMO>> la
octava fundación.
El calor era insaciable y mi población tenía el aspecto de un infierno
que luego se sintió como ser cenizas: destruida y triste.
Desde aquí mis ojos se convirtieron en lo que no habían sido nunca.
Mis ojos proyectaron un camino y lo seguí: descubrí el pasado de mi estirpe
y el de mis hermanos y de mis hermanas, de mis enemigos
supe de las plantas, de las estaciones, del sentir del árbol y todo lo que la burbuja franciscana me escondío.
Lo vi: y me convertí en revolucionario, en rapero, en poeta y luego en
antropólogo.
Me transforme en naturaleza, en virtud y en ímpetu
sin esconder ni una pisca de la miseria, crecí mirando fijo.
Hoy mis ojos que son de luciérnagas y que son también luz y proyectan
fuego
desean que esta ciudad nazca
verdaderamente.
Quiero que mi amor que no es cualquier amor invada la ciudad
Y que haga de mis colores, sus colores.
Quiero que mi fuego queme toda esta ilusión
y las estatuas de plaza de armas ya no existan más,
que el viento de mis suspiros logre voltearles su mirada:
quiero que sean reemplazadas por esculturas de maderas, un chemamull.
En esa ciudad quiero vivir,
estoy seguro que los vecinos de mi barrio morirían contentos.



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