Metiéndome en líos
Son las 7 de la
tarde, la jornada de trabajo ha terminado. Los cascos yacen en el suelo, los
obreros bajan de los rascacielos, ahora pululan por la ciudad. Van en busca del
pan caliente, de un chocolate para Julia, de la 4 azul que va hacia
amanecer. Están los pies cansados, las
ojeras se dejan ver en el paradero. Yo voy pedaleando atrasado, hoy tengo
reunión en la casa del pasaje Libertad. Adentro las miradas se cruzan, las
manos en los lápices escribiendo, intermitente, anotando rápidamente como si
estuvieran dando los números de la lotería, o como si estuviesen dando la
fórmula para ser felices. Aquí, en estas cuatro paredes, de una casa
universitaria, están explicando sobre la explotación laboral, la condición de
las mujeres en el trabajo, la significancia de organizarse: una discusión
continua, con el café en la mano, tratando de entenderlo. Algunos no pueden
saciar el sueño, se inclinan las cabezas, llevan los ojos jadeantes, pero estxs
maniáticxs son locxs de remate, batallan contra la fatiga cotidiana: porque eso es justamente lo que espera el
sistema, que te rindas. Han pasado algunas horas de estar sentados y entre
conversa y conversa, asperezas y sorpresas, entre coincidencias y enfrentamientos,
humildad y sabiduría, ese día se firmó un legado importante, algo
inquebrantable, algo por lo que luego me llamaron camarada Manuel. Tuve compañeros en todas las ciudades grandes del
país, también en Argentina, en Brasil, en México: somos la juventud trotskista, la muerte del capital. Y con la
locura contagiada, se me pegó el lenguaje del cambio, en clave asociativa, con
la bandera de sangre: esta es tu escuela
de guerra, la militancia. Aprende compañero. Así fue como militar era
levantarse temprano los días jueves, juntar dinero para levantar el partido,
buscársela, ingeniárselas, comprometerse, dejar la dispersión. Por dentro
pensaba o soñaba: el miedo va cambiar de
bando, yo nunca. Cuando todo pase no
quiero estar tranquilo, ni con energía, ni sentirme joven. No quiero sentirme
realizado ni menos con los sueños cumplidos. Quiero sentirme viejo,
gastado, de vuelta, pero con las utopías totalmente vivas. Quiero sentir que me
falta un pedazo de mi cuerpo, que fui a la guerra y me sacaron un
ojo, que luchamos, que nuestras ideas siguen en el mundo. Estoy dispuesto
a la militancia gris y cotidiana, lo firme: quiero sentir que mi vida valió la
pena, es que mis panfletos no fueron solo rabia de juventud que despertó para
cambiar los modos, es que esos cigarrillos no fueron solo para el consumo de
las noches extenuantes de lecturas compulsivas, es que nada de lo que
vivimos fue pasajero. Yo soy viajante, amigo de ruta, un compañero. Todo
eso lo veían en mis ojos: un incendio en la gran ciudad. Yo mirándome al espejo
pensando lo mismo. Al terminar la reunión, ya sabía en qué líos me metía, esto
no se trataba solo de ver la luz afuera de la caverna. Había que enardecerse,
pero más importante, enardecer al mundo con una idea: esa posibilidad de
transformaciones, de romper las cadenas, de demostrarnos a nosotros mismos la posibilidad de doblegar
la historia. Al irme de esa casa, los obreros pasaron a ser mis amigos, los
saludaba, las saludaba, me sentía orgulloso de marchar con ellos en cada
huelga. Habían días en que nos encapuchábamos, animábamos hasta los más
cobardes a la lucha callejera, nos enfrentábamos a la policía, casi nadie caía
detenido. Para mí primero era un juego rebelde, pero luego se convirtió en una especie
de cultura de vida: afrontar, mirar firme la realidad de la esquina, llorar la
lacrimógena, abrazar a tus compañeros. Esa fórmula falible, porque somos
débiles aun, pero llevábamos el espíritu
de una generación y estamos creando musculatura; eso está despierto, yo
estoy despierto, en esa casa se invocó a Roque Dalton y a un pasaje de la estrella distante. No fue necesario
explicar que los líos serían para toda la vida: porque aún no encontramos la aspirina del tamaño del sol, que cure los dolores
de cabeza de un comunista. Esa tarea es titánica, sin embargo ustedes están
convenciendo a los que producen la riqueza, a las manos sucias, para que un día
apaguen el sol, ¿cierto? y se desaten las tinieblas: el arcoíris futuro será
hermoso, compañera. Gracias por despertarme a la vida.



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