La bala de Spinetta



Un disparo que nunca llego a incrustarse en mi cabeza exploto de igual manera como si la bala hubiese tocado una cavidad de mi cerebro. Exploto en mi memoria. Desperté a las 5:01 de la mañana y la luna se estaba guardando, para pronto, a unos minutos, el sol le diera luz a la ciudad. Angol, mi casa, mi barrio, mis estrellas. La música de spinetta, un recuerdo nostálgico y dos cigarros. Encendí la luz, prendí la máquina, y me puse a escribir. Mama ronca, y mama duerme sabiendo que mañana tendrá que pujarle nuevamente. Yo no sé si dormir, mi cuerpo no lo quiere. Ojala las teclas no sonaran, ojala no hicieran tanto ruido. ¿Pero cómo no iba a ser así, si todo en mi cruje? Nada en mi es pasajero. Yo soy el único que quiere ser viajante y no un recuerdo. Quiero ser un cuento corto y no una novela de las que nunca he terminado de leer. Que se queme todo, que arda todo, la ciudad, la gente obstinada y mis recuerdos. Que los sueños renazcan y mantengan la esperanza, que la bala nunca haga más daño que una herida. Yo no quiero la muerte. Solo quiero sentir. Lo que sea, pero sentir intensamente la melodía que se desprende de aquella guitarra que suena como si naciera de mi alma. Como si realmente eso existiese, y mi cuerpo fuese la guarnición que sujeta el fuego que me nace por dentro. La rabia, la ira, el todo, lo inmaterial que no contiene más contenido que el deseo de la vida sencilla. La que elegimos hace unos años, y comprendimos. Y que en un momento de lucidez, o de locura, llámesele como quiera, decidimos concebir de una manera distinta. Puff.

Almendra 02:43. Kamikaze.

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