De un eterno resplandor
Del
barrio donde jugamos a patas sucias. Descalzos sin apremios ni tiempos. De allá
arriba donde viven los malandros, la gente pobre, donde camina la muerte publican
los diarios. La población de mis abuelos, El piso de tierra de mis padres, La llegada
de Víctor emborrachado, y de Olga, que siempre extraño su campo. Tierra de
lonconaos, reyes, lagos, erices y rocha. Tierra de tan pocos, y que en tan poco
mucho evoca. Las canchas de barro, los cantos de los equipos donde jugo Juan Alberto,
las mismas canchas donde me vi yo recibiendo la medalla de consuelo. Aquellas miradas
por las ventanas de tantas personas de las cuales nunca supe nada. Y de las
cuales hoy con letras las destierro. Retiro población, fundada no sé cuándo,
mis abuelos fueron los primeros. Doña Carmen preparando el maní tostado, y el
mate amargo tomándolo don Eufemio. Viejos robles todavía presentes en las
bancas de mis calles. No soy el único que los extraña. No soy el único en sus
recuerdos. Otros olivas también lo sienten y un pedazo de ellos ha quedado en
nuestros cuerpos. El viento guarda tantas cosas sencillas por estos lados, como
los juegos de niño chico, y otros tanto, donde un beso de una niña me ruborizo
toda una noche y al pensarlo, nunca logre salir de mi cuarto. Acá donde no se
mete nadie que no haya venido antes, ni menos muestra desplante de valentía. Porque
acá, eso sí que no cuenta. Acá estamos todos, los que lucharon y silencio la
dictadura, los obreros explotados, las dueñas de casa de tu casa, y las
historias más terribles de nuestros antepasados. Las risas son parte de los
niños, y los niños son parte de nuestros ríos. Del domingo jugando en la arena,
de la caminata al manzano. De Nahuelbuta que nos guarda resistiendo a las
forestales y maquinarias. De mi vida entera, de la vida de ese único árbol, del
sueño que tuvimos aquella noche, mientras el cielo a oscuras se hacía día, y las
iluminarias gigantes de la cruz de mayo alumbraban nuestras esquinas. Una comida
gigante, cerraba nuestros cuentos, de todos los niños del pueblo, en riqueza de pobres,
aquellos niños en los que la alegría vestida de harapos, se hacia sentir en nuestras manos como unico amor verdadero. Humildad de mis primos, amor por mis compañeros. La harina de
avellana al calor de la fogata. Y mi abuelita con la cara de mi madre, me enseñaba
a los primeros días que ese también era mi rostro. Que esos también eran mis
ojos. Que esas también eran mis manos. Cuanto me gustaría contarle que este
humano en fuego se ha forjado. Y como yo al despertarme, en el reflejo de un
vidrio, en mis ojos, también la veo. En mis manos inmensas,
sintiéndome como don Eufemio llegando de la fábrica de cerveza donde trabajo
toda su vida, donde agacho el moño por un plato de comida para sus nietos. Como
olvidarme, como no sentirme parte. Como no ser fragmento de esos sueños rotos,
de esa rebeldía acallada, del trabajo de mi padre a las siete de la mañana. Como
no ser también de esa madera, de ser astilla y recordarme siempre que al salir
al mundo detrás de mí o adelante todavía vive la leyenda por la que los
de mi sangre araron la tierra. No lo olvidare nunca. Así de simple. Aquí crecimos, aquí vivivimos, y
de esto nos hacemos parte.
Retiro Población. Malleko, 2015.
Retiro Población. Malleko, 2015.



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