Puertas secretas
Extracto
de Amuleto – Roberto Bolaño
Eso
era lo que veía. Eso era lo que veía en medio de un escalofrío que sólo yo sentía.
Luego abría los ojos y aparecía el cielo de México. Estoy en México, pensaba, cuando
aún la cola del escalofrío no se había marchado. Estoy aquí, pensaba. Entonces
me olvidaba ipso facto del polvo. Veía el cielo a través de una ventana. Veía
las paredes por donde la luz del DF se deslizaba. Veía a los poetas españoles
y sus libros relucientes. Y yo les decía: don Pedro, León (¡mira
qué raro, al más viejo y venerable
lo tuteaba; el más joven, sin embargo, como que me intimidaba y no podía quitarle
el tratamiento de usted!), déjenme a mí ocuparme de esto, ustedes a lo suyo,
sigan escribiendo tranquilos y hagan de cuenta que soy la mujer invisible. Y
ellos se reían. O mejor dicho, León Felipe se reía, aunque una no sabía muy
bien, si he de ser sincera, si se estaba riendo o carraspeando o blasfemando,
ese hombre era como un volcán, y don Pedro Garfias, en cambio, te miraba y luego
desviaba la mirada (una mirada tan triste) y la posaba, no sé, digamos que en
un florero o en una estantería llena de libros (una mirada tan melancólica), y
entonces yo pensaba: qué tiene ese florero o los lomos de los libros en donde
su vista se detiene, para concitar tanta tristeza. Y a veces me ponía a
reflexionar, cuando él ya no estaba en la habitación o cuando no me miraba, yo
me ponía a reflexionar e incluso me ponía a mirar el florero en cuestión o los
libros antes señalados y llegaba a la conclusión (conclusión que por otra
parte no tardaba en desechar) de que allí, en esos objetos aparentemente tan inofensivos,
se ocultaba el infierno o una de sus puertas secretas.
Y
a veces don Pedro me sorprendía mirando su florero o los lomos de sus libros y me
preguntaba qué miras, Auxilio, y yo entonces decía ¿eh?,
¿qué?,
y más bien me hacía la tonta o
la soñadora, pero otras veces le preguntaba cosas como al margen
de la cuestión, pero cosas que bien pensadas pues resultaban relevantes:
le decía don Pedro, ¿este florero desde cuándo lo
tiene?, ¿se lo regaló alguien?, ¿tiene
algún valor especial para usted? Y él
se me quedaba mirando sin saber qué contestar. O decía: sólo es un florero. O:
no tiene ningún significado especial. ¿Y entonces por qué
razón lo mira como si ahí se ocultara
una de las puertas del infierno?, hubiera debido replicarle yo. Pero yo no replicaba.
Yo sólo decía: ajá, ajá, que era una expresión que no sé quién me había pegado
por aquellos meses, los primeros que pasé en México. Pero mi cabeza seguía funcionando
por más ajás que mis labios articulasen. Y una vez, esto lo recuerdo y me da
risa, en que estaba sola en el estudio de Pedrito Garfias, me puse a mirar el
florero que él miraba con tanta tristeza, y pensé: tal vez lo mira así porque
no tiene flores, casi nunca tiene flores, y me acerqué al florero y lo observé
desde distintos ángulos, y entonces (estaba cada vez más cerca, aunque mi forma
de aproximarme, mi forma de desplazarme hacia el objeto observado era como si
trazara una espiral) pensé: voy a meter la mano por la boca negra del florero.
Eso pensé. Y vi cómo mi mano se despegaba de mi cuerpo, se alzaba, planeaba
sobre la boca negra del florero, se aproximaba a los bordes esmaltados, y justo
entonces una vocecita en mi interior me dijo: che, Auxilio, qué haces, loca, y
eso fue lo que me salvó, creo, porque en el acto mi brazo se detuvo y mi mano
quedó colgando, en una posición como de bailarina muerta, a pocos centímetros
de esa boca del infierno, y a partir de ese momento no sé qué fue lo que me
pasó aunque sí sé lo que no me pasó y me pudo haber pasado.
Una
corre peligros. Esa es la pura verdad. Una corre riesgos y es juguete del destino
hasta en los sitios más inverosímiles.
La
vez del florero yo me puse a llorar. O mejor dicho: se me saltaron las lágrimas
sin darme cuenta y tuve que sentarme en un sillón, en el único sillón que don
Pedro tenía en aquella habitación, porque si no me siento me hubiera desmayado.
Al menos, puedo asegurar que en determinado momento se me nubló la vista y se
me aflojaron las piernas. Y cuando ya estuve sentada, me entraron unos
temblores muy fuertes que parecía que me fuera a dar un ataque. Y lo peor era
que mi única preocupación en ese momento consistía en que Pedrito Garfias no
entrara y me viera en ese estado tan lamentable. Al mismo tiempo no dejaba de
pensar en el florero, al que evitaba mirar aunque sabía (tonta de remate no
soy) que estaba allí, en la habitación, de pie sobre una repisa en donde había también
un sapo de plata, un sapo cuya piel parecía haber absorbido toda la locura de
la luna mexicana. Y luego, aún temblando, me levanté y me volví a acercar, yo
creo que con la sana intención de coger el florero y estrellarlo contra el suelo,
contra las baldosas verdes del suelo, y esta vez no me aproximé al objeto de mi
terror en espiral sino en línea recta, una línea recta vacilante, sí, pero
línea recta al fin y al cabo. Y cuando estuve a medio metro del florero me
detuve otra vez y me dije: si no el infierno, allí hay pesadillas, allí está
todo lo que la gente ha perdido, todo lo que causa dolor y lo que más vale
olvidar.
Y
entonces pensé: ¿Pedrito Garfias sabe lo que se
esconde en el interior de su florero? ¿Saben los poetas lo
que se agazapa en la boca sin fondo de sus floreros? ¿Y
si lo saben por qué no los destrozan, por qué no asumen ellos mismos esta
responsabilidad?



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