La vida pasándose por los dedos







Tome el mate amargo, mastique algo de coca, y al pasar el rato, escupí. Así es la vida pensé, el viento me susurra verdades que solo yo quiero escuchar. Solo yo soy el que sonríe, yo y mi delirio intermitente. Yo y el caos que abrazo. Siento la vida unos minutos, y ella en desconfianza, como fuera de sí misma, me esquiva, me lanza, me tira a la orilla del camino. A ese camino del cual solo algunos logran levantarse, y solo algunos caen. Entre risas, me dije: el camino de los poetas. Contemple el fracaso, lo triste de los días, las penurias más fuertes del humano, y yo quieto, pasmado, como si la existencia delirante de mis huellas se me escapase entre mis dedos, como el polvo, como el polvo de estrellas que soy, que fui y seré. Tal como siempre me vi llorar en algunos reflejos de los charcos del invierno temuquense, estallaron mis ojos humanos de cariño, tan triste, pero tan libre, algo como un pajarito herido posando en el único árbol de la pampa atacameña, algo casi inexistente. Pero algo tan real como la vida que tengo. La vida pasándose por mis dedos, yo en hogares irreales, con personas irreales, en paisajes irreales, de los cuales perder la composición, o no creer en la existencia de aquello, se encontraría lúcido. No habitual. Estoy sano, lo sé. En una fogata, mientras amigos del día tocaban la guitarra, otros pocos tocaban tambores, y otros mínimos, cantaban, lo comprendí. Comprendí mi locura, y la belleza de los días. La libertad, añoranza de todos, de todas, jodiendo con los canones, los hábitos y las costumbres. Vivir sin mesura, perdiendo las composturas, y tal como la canción dice, notando que la vida se nos escapa entre llagas e hilos. 

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