Ciudad de brujos
La ciudad nunca
duerme, aunque a veces pareciese lo contrario. Hay recónditos lugares
del barrio donde la modernidad no ha llegado; un mundo distinto no
transformador con dinámicas propias de sus humanos. Como los trenes pasamos por
todas las estaciones, dicen los vagos. Escritos de murallas que expresan la
vivencia de los caminantes. Son las 18:30 y es un día domingo frio en la
capital de la región. El capitalismo y sus daños colaterales han golpeado nuestras vidas,
moldeando nuestros actos, abriéndole
paso a la razón. El caminante espontaneo no tiene objetivo en sus
pasos y eso a algunos les molesta. Sin embargo aunque quieran controlarlo, el
asfalto sureño
de mi pueblo me incita a no perderme en los plásticos.
Salgo del ático que me inspira la nostalgia de los días que fueron, y camino por las calles noventeras de
los días que son. Salto cuántico
de un polo al otro y mientras mis audífonos retumban en mi testa, pienso que si
yo estoy loco, también lo están los músicos de mi estéreo. Resulta hasta un
halago pensarlo, aquello del delirio consciente de la mente y la revuelta de
ideas que al unísono del ritmo subterráneo emerge. Sin
timón fraguó el
horizonte que alcanzo: feria pinto durmiendo están
los lustra zapatos. Día domingo, el sol se duerme, y
las palomas caminan por la calle en busca de alimento. Los
pocos rayos de la tarde, dan en la cara a unos hombres borrachos, saliendo de
una cantina, unas mujeres cuarentonas, prenden un cigarrillo, y su mirada se
cruza con la mía diciéndomelo todo. En frente, nada por la ciudad, más que
consignas por la libertad de los presos políticos que mantiene el estado encarcelado.
Barrios bajos temuquense, ven a conocerlos, me dicen los silencios atragantados
del pasaje, yo como viajante adulador del dopaje constante, visto de trajes que
no acaparen más miradas que los murales. Barrio tucapel y el inmenso arte
callejero, el más grande del sur, saca a colación mi compañero. En
su imagen lo sublime de lo mágico, lo oscuro del silencio,
el sudor y el trabajo, a final de cuentas: lo místico
y brujo de la esencia de este maldito pueblo. Los pasos continúan y transitó por un
lugar añorado
en mis descansos primaverales. Esta vez los vagos aprovechando un tarro de
lata, y unas maderas dejadas en la acera, encendían
el fuego, abrazados entre ellos, sonreían como
hermanos de la vida, con la mano en la botella, dándose
el consuelo. En frente una escuela abandonada, los vidrios rotos, y toda una
historia desconocida. En la escena, la ciudad, y las miradas que continuaban en
mi tranco. Los perros no ladran a los que nada esconden, me dice un viejo. Yo
le creo. Ojalá el jazz sonará siempre, no hay nada más elocuente que este acto.
Salir, sin rumbo, y sorprenderse. La ciudad nunca duerme y yo sigo caminando. Ley
universal es aquella que dice que las vueltas son las dejan, y hoy, por vez
primera, las calles sin autos, los espacios sin
gentío, las 18 y 30, el espacio congelado, lo realmente intacto del pasado,
deja entre ver, la verdadera esencia de lo que mi nostalgia anhela;
aquella pequeña contradicción, aún latente, de que la modernidad no ha acaparado toda nuestra pasajera existencia.



Comentarios
Publicar un comentario