No hay futuro




El panorama moderno. Todos los jóvenes, chicos y chicas de mi barrio, pegados a sus celulares, hablando de los mismos cuentos de la farándula; La envidia, los culos, los celos, las putas, los lindos. No habría que meditar mucho para darse cuenta sobre qué tipo de personas será en unos años más. Chile, es el culo del mundo, pero no lanza buena mierda. Son como los círculos viciosos del pasado: los auxiliares eran parte de nuestros compañeros del liceo, eran los más pobres, esos que a veces faltaban porque tenían que trabajar con el papá. Esos padres nunca esperaron nada de sus hijos; la botella siempre esperaba por ellos. Fin del cuento. ¿En qué momento se quebrara con estas estúpidas tradiciones? Que el padre se llama Martin, y el hijo se llama Martin, que la madre se vomita la comida, y la hija esta raquítica. El rap ha sido mi mejor psicólogo; desnuda el ahogo y ahoga los nudos y eso lo aprendí de la calle. Mi generación vale una mierda, pero es mi única esperanza. A caso no has visto esos gestos tan poco humildes, esas expresiones tan bufonas y fáciles de los treintañeros funcionales, tan nada. Porque esperar que alguien haga algo al respecto, por mi parte, esas historias ya las asumí, todo lo que tenía que vivir mi generación, lo sobreviví. Consciente de aquello: camino vivido y recorrido es camino resuelto. Los aprendizajes de los años que vienen, ya los estoy contemplando, ya los estoy viendo, desde aquí sentado, o parado, con la cara llena de pena; las nuevas generaciones y las próximas, cuentan de que ellas tampoco están pensando en el futuro del océano.  

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