De un viaje sin rumbo
Un
choque de trenes que nos exalta y me deja mudo. Casi sin respiración, casi sin
aire. Enfrentándome a la espontaneidad de la noche y sufriendo las
consecuencias de actos impensados. El golpe los deja tirados a todos, menos a mí.
Solo me deja con las costillas averiadas y algo apretadas, pero muerto no
estoy. Policías por todos lados y la ambulancia nunca llega. Los culpables del
hecho arrancan. Corren sin que nadie los vea salir. Y nosotros, casi en lágrimas.
Así es la historia, otra más de muchas que hemos tenido. Jugando con esto y lo
otro, haciéndonos los duros y creciendo en base a los golpes que no son de
madre. Ellas no lo saben y ojala, nunca lo sepan. Preocuparlas sería imprudente
y absurdo. Imprudentes, tal como nosotros que a la velocidad de la luz,
emprendimos ideas y sueños en base a como se nos presentó el sol esta mañana, y
terminamos con las ideas transformadas cuando a la mañana siguiente la lluvia
humanizo nuestros huesos. Esto es así y no lo puedes cambiar. Los viajes sin
rumbo se presentan a cada día, como yo, que sin frenos, cuan metáfora alguna,
choca en la velocidad ajetreada de los martes vertiginosos. Maldita bicicleta,
hasta que llego el día que me boto y me lanzo a la mierda. Tenía que pasarme. Y
justo un año después de que un auto nos chocara. Creo que alguien me quiere
decir algo. Tal como el año 2014, 9 de febrero que termine en el hospital
intoxicado, y al pasar un año, el 9 de febrero en Bolivia me recibía con una
desesperación mortal a gatas por los cerros. Hay que aprender a leer entre líneas.
Esa siempre ha sido la clave de todo silencio. Esa siempre ha sido la clave de
todo infierno. Que locura estar postrado y mirar las paredes de mi dormitorio
para darme cuenta que las figuras que la albergan, si alguien quisiese, las pudiese a todas transformar en una metáfora.
En una identidad, en la descripción de mis arrebatos y las coincidencias. Es que
quizás todo esto, lo que gira alrededor de mi testa, este conspirando. Vaya saber
uno para que y porque el sujeto soy yo. Qué carajo digo, quizás solo es una
absurda moraleja. De esas que uno nunca aprende. Porque le manda al destino
como Mario Santiago, le manda como si la poesía fuese la vida, y la vida fuese
la poesía. Y de eso, no hay nadie que salga vivo. ¿Y que se puede hacer ahora? -
Pregunta la mente. Así como la película de las mentes sin recuerdos, disfrutar
lo queda. Ya nadie nos salvara. -Explota el inconsciente. Las cartas ni en la mesa, ni bajo la manga,
cambiaran los cauces de estos ríos. No llores, todo pasara. El día se hace
noche, la noche se hace día y eso nunca lo elegimos. Nadie podría decir que
elegir el día es apagar las luces y prender la vela, y cerrar las cortinas y
ponerse a dormir es crear la noche. Todo tiene mucho más que eso. Hoy la única verdad
absoluta es que todas las flores sangran, y que el kimun de los kimche de mi
tierra saben más que tu puto cartón de especialista. Quizás solo hay que
esperar, cerrar los ojos y acordarse de que en lo simple, la belleza se vuelve
natural y lo natural nos hace volver a nuestro origen. Tu mano en mi mano, una vuelta al mundo y las
coincidencias siguen su camino. Es hora de apagar el cigarrillo, poner los pies
en la calle, y lanzarse, sin luz, poniendo las velas, sin ritmo haciéndolo a
capela. A patas pelas, a ombligo suelto, y a lo que digan las estrellas. Todos mienten
y de eso qué. Es mejor seguir sin planes. Q u e t o d o f l u y a. nada está determinado.
Nuestras historias continúan.



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