Las mañanas de abril
Dos historias diferentes.
Eran
cerca de las cinco de la madrugada y los brujos del sótano me despertaron. Me
encontraba en mi otra casa, en mi otra cama, en el lugar donde siempre quiero
estar. Sin darme cuenta, mi pobre memoria me hizo entender que hace horas, ya
estaba despierto. Estaba yo y una niña. Jugando y jugando. Era algo real todo. Yo
le mostraba mis libros nuevos, unos de Paul Bowles, y Edgar Allan Poe. Y además, le contaba lo
siniestro que me parecía Lovecraft. A veces caminábamos, miento, siempre en el
suelo, jugando su piel con mi piel y yo tocando sus manos. Le contaba sobre mi
pieza, sobre los nuevos dibujos, la serigrafía de unas mujeres, y las fotos de Valparaíso.
En un momento, saque la radio escondida de bajo de la cama, y le mostré una sorpresa:
Artaud, mi disco, un bien preciado que me regalo un buen amigo. Deliramos un
rato y sentí mis risas conectada con sus gritos, su escándalo con mis miradas, y
un fuego de amor evocado por su aura. Me contaba sus historias, que había venido
de sorpresa a estas tierras, y que encontró la puerta abierta, y se vino
acostar conmigo. Yo solo la miraba, siempre mirándola, a veces cerraba los ojos
y seguía ahí, era real, no quedaba duda: me vino a ver. Luego de un rato, después
de quedar abatidos en la magia otoñal que nos abrazó esta noche, me quede
dormido. Eran las siete de la mañana, me desperté y ya no estaba. Se había ido,
pero no me puse triste. Me vino a ver, eso era lo importante. Y lo mejor es que
ya lo sabe todo. Nos contamos nuestras historias e hicimos el amor. Nos dibujamos
las caras y nadie nos calló. Nos perdimos escuchando las voces del sótano y le
robe un beso. Leímos letras, entendiendo con señas, que a los dos nos encanta
como la vida juega. Pasaron algunos minutos y recordé algo, quería contárselo pero
ya no estaba. De igual forma, yo tengo mis artimañas, y a la mañana del miercoles, un pajarito moderno le hizo saber que
mi oniria conectada con la insomnia, siempre la extrañan. f i n
Abril, un año después.
Que la muerte fue discusión de niños, es lo cierto.
Que la muerte nunca más fue parte
nuestra, es lo falso.
La
historia cuenta...
Un
año después, de abril en abril, imanes de la
consecuencia se conectaron sin tocar el centro. Solo desprendiendo por sus
bordes, por sus manos y quizás hasta por el sentir de la mente, la vida misma
que los envolvía en aquellos días. Todo fallido enlace, o más bien desenlace
(la conexión siempre existió) acabo sin un final que diera respuesta a las
tremendas historias en las que estos viajantes de la lluvia coincidieron. De la
muerte, algo se escapa, pero todo choca y termina causando el acto mismo de la
llamada inercia. Física o no, los hechos hablaron por sí solos: Sin frenos no
hay rienda que aguante a los sin rumbo. Lanzarse al vacío nunca fue una opción.


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