Viejas locas
Saiko: Historias de un otoño brigido.
¿Qué día es? No lo sé. Solo sé que hoy me lanzo. Existe
compañía y la noche me exige un vino calleja. De esos que
entre labios morados, en medio de la ciclovia, te hacen amar la vida. Que tal, todo parece genial y los vientos me
han traído algunas sorpresas caóticas. Algunas noches engorrosas. Algunas temibles.
Y otras, inexplicables. Anoche tuve un sueño, imagine a mi madre y a mi padre
tomados de la mano, mirándose con ojos de amor y siendo unos viejitos algo
bellos, o quizás algo tiernos. Algo terriblemente tierno. Mirándolos en el sueño, me hacía polvo, pero
no de estrellas. Era un cadáver. Realmente me partí en pedazos. Y luego, al
despertarme mi corazón volvió a quebrarse. Todo era una farsa. Pero yo el imbécil,
siempre alucino. Como ahora, que destilo letras y un flashback nostálgico cambia
la historia. Mentira. Eran las ocho de la tarde, el sueño me dio muchas
vueltas, y quería despedazarme. Si ya estaba todo destruido, que iba hacer. El día
se hacía noche, y estando en la plaza Recabarren, cerca de mi ex departamento,
donde habite dos años, y tuve las historias más delirantes de la vida, me topé
con una amiga. Primera vez que nos juntamos. Y bueno. Hola hola, vamos por una
cajita. Risas y algunas preguntas. Nada mal para alguien que solo busca un poco
de compañía. Un poco de ya tú sabes, y ya está. Compartir. Claro.
Risas por favor. No sé qué me habrá pasado pero luego de bajar uno que otro
vino, me desplome. Novedad. Siempre termino cayendo. Eran no más de las diez de
la noche y bajando el segundo vino, se acercaron tres personas. Nos dijeron que
querían compartir con nosotros. Tenían algunos pitos, cervezas y ganas de
rapear. Que íbamos hacer. Vamos pasando y pasando, pero nunca me di cuenta que
ese pito de mierda olía a basura. Pasaron 15 minutos, y Manuel, Manuel. Donde carajo
estaba ese tipo, se preguntaban todos. Yo, echo bolsa. Echo bolsa. Eeh, mundano
animal. Siempre más borracho que pretensioso. Siempre más borracho que
travieso. Siempre más borracho que todo. Amores vendrán, momentos también,
pensé. La Pilsen no puede esperar (se entibía), esa es mi conclusión. Paso el
rato, y yo desperté. ¡QUÉ CARAJO! Me quede dormido al
costado de unas calles. Y al despertarme todos se habían ido. Lo único positivo
es que mi gorro todavía se encontraba ahí. Quizás cobro vida propia y se dió
cuenta que sin él yo no soy nada. ¿Cómo voy a poder caminar como un incognito street raper si no tengo
el puto gorro negro en mi cabeza? Ahá, lo sabe. Se sabe. En esas historias
siempre ocurren sucesos de este tipo. Me explico, el tipo loco, la mujer brígida,
la noche helada, el vino travieso y las sorpresas. Siempre las sorpresas. Eso le
da sustento a todo. Rompe con lo cotidiano. Y yo quiero romper con todo (o con
todas) je. Me pierdo y vuelvo. Ahora me encuentro en un servi centro, algo
ciego y sordo, pero igual entro. Pago por unos cigarrillos y recargo el maldito
celular. Aló, aló, porque carajo no contestas. Fin, hay que trascender igual
esta noche. Y en esa misión, me encuentro metido en un bar algo sorprendido y
helado, de manera que ni sé porque, ni como, llegue aquí. La historia anterior
se me ha olvidado. Ahora estoy de sorpresa con una linda amiga, y lo típico,
robamos algunas cervezas, cruces de miradas, y la experiencia da cuenta que el
hacer coincidir se sabe de libro. Nunca antes nos habíamos juntado, bueno y
ahora tampoco. No eres lo que piensas, eres lo que la noche decide cuenta mi
memoria musical, esa memoria nunca la pierdo. Vamos, vamos. Todo genial, el tiempo, ni
al carajo. No sé nada. La satisfacción es infragranti, y porro a porro, el frio
de hace un rato y el desconsuelo de haberme encontrado dormido como un perro,
ha desaparecido. Ella es mi polola, idiotas, no lo sabe, pero ya lo sabrá. Risas
por favor. Parezco estar feliz, parezco sentir el deleite. Y en medio de eso, un
amigo me pregunta sobre la felicidad, mientras sacamos frases y frases en un
bombo clap nocturno. Yo lo mire y le dije: la felicidad es un estado emocional
que blablablá. A veces soy aburrido. En que estaba, ah claro: La noche. En eso seguimos, cerveza tras cervezas y las
manos juguetonas se llevan algunas botellas a la mochila. ¿La reflexión? calle san
martin también debe conocer a estos ebrios delirando por el asfalto. Eso pienso
y eso hacemos. Hay que cambiar de escenario y mi teléfono suena. Son mis viejas,
mis compinches. Amigazos con los cuales ya existe un cariño fraternal. Son unos
putos, pero bueno, entre nos, nos entendemos. Al carajo, vamos flaca, esta
noche tienes que apañarme. Deja tus amigos y diles que mañana vuelves. Beso,
beso. Y Temuco se convierte en la maravilla de mis sueños. Casi al llegar, unos
perros nos ladran, pero sancho panza, ya le dijo al quijote que esa, es una
señal importante. Puto quijote, no sé qué tiene que ver aquí una frase tan cliché
de un libro tan de culto. Pero bueno, abrazos pa las viejas, balazos pa las
chillonas. La historia continúa y estamos adentro. Mentira, ni la avalancha nos
hace entrar y de la nada, mi novia nocturna se da cuenta que estoy loco. Lo bueno,
es que le gusta. Lo sé, ¿cierto? Más risas. Congeniamos y vamos. Hay que
seguir bebiendo, la noche lo exige. Mis viejas me apañan y les cuento mi
historia. Esa de la vieja dormilona que se desplomo hace un rato y quebró con
su cita. Les cuento sobre mi mochila, la que se me perdió o desapareció y me
dejo nuevamente sin mis cuadernos y libros. El vino todavía latente, y la
ebriedad, tal como siempre, nos entrega valentía hasta a los más cobardes. Eso es
un deleite. Volvimos y la ciclo vía algo silenciada y vacía, al parecer, se ha
tragado mi mochila. No está por ningún lado y bueno, eso ya importa poco. Algo
de música, sentados en la banca, contemplando la vida de los cantineros, nada
mal terminar así la noche. Pero buéh, la maldita noche siempre trae sorpresas,
y unos pacos nos alumbran la cara, no dan color, pero nos preguntan algunos
datos, para terminar diciendo que hace unos minutos asesinaron a un joven de 19
años a metros donde nosotros nos encontrábamos. Helados. No les creímos nada. Y
mientras seguíamos nuestro rumbo a padre las casas, la masa nos vuelve a apiñar
para recordarnos que los jóvenes y alocados todavía pueden más. Podridos. No podemos
mentirlo. Pero con más historias que tú misma abuela, una más y otra menos. De las
perdidas y las ganadas me quedo con la experiencia. Fin.
F I C C I Ó N ( O B V I O )
F I C C I Ó N ( O B V I O )



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