Proletariat

Son las 8 de la tarde. La jornada de trabajo ha terminado y muchos se van para sus casas. Los obreros caminan por la ciudad de vuelta a sus hogares. Los pies cansados, no se han cansado. El pan caliente, se vende como tal, comida para tomar once junto a una familia que espera. Otros, algunos pocos, algunos locos, están aquí, junto a otros locos, enterándose que somos más.  Somos más los menos que vamos por mas. La huelga es el tema de hoy, una problemática que ha resurgido por estos años. Las miradas se cruzan, los lápices siguen escribiendo, anotando rápidamente como si estuvieran dando los números de la lotería, pero no, solo están explicando cómo acabar con la explotación, solo están explicando que la unidad de esas manos sucias hará derribar a los señoritos de la clase alta, solo eso, tan solo como deben organizarse, nada más que eso, solo le están diciendo que ellos son los que producen la riqueza y que está en ellos acabar con la mala repartija. La discusión sigue. Los cigarros se prenden, el café de mano en mano ronda. Algunos de aquellos locos no pueden saciar el sueño, ojos cansados, pero como estos locos son locos, también batallan contra aquello. Batallan por un sueño, el sueño de miles y el sueño que pudo haber sido, por eso viven. Han pasado algunas horas y entre conversa y conversa, entre asperezas y sorpresas, entre dialogo y enfrentamientos, entre humildad y sabiduría, firman un legado que los unirá, algo inquebrantable, algo que les hace llamar compañeros y no colegas, algo de piel y sufrimiento, algo de oscuridad y cotidianidad, pero la locura se ha contagiado. Y no tan solo la locura, sino también el idioma, el lenguaje, ese del cáncer, ese de antes, ese del pasado, en clave militante,  con la bandera de sangre, con los pies en la tierra, se ha hecho el pacto, se cierra el acto, de esta escuela de guerra.

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