Reina Japonesa
Tenía
14 años y aquella noche me decide a salir con mis amigos.
Unas diez lucas al bolsillo, y ya está. Era momento de embriagarse y jugar con
la noche mística de Malleco. Entre vueltas y vueltas nos perdimos, Y sin esperárselo,
el mercedes del año 1968, en el cual habíamos salido, freno. En frente: un café
con piernas, Adentro: unas morenas venidas directamente de Colombia. Inicialmente,
no nos dejaron entrar, éramos muy jóvenes para el lugar. Forzamos un rato, y
sorpresa: nos encontramos con un amigo de mi padre, poderoso e influyente ¿decisión
final? Entramos. El viejo de mierda, dueño de un restorán, de esos antiguos
donde se va a comer comida casera, nos pagó 3 whisky a cada uno y nosotros en
un deliriums tremens veíamos a las muchachas pasar con poca ropa. Mis amigos,
de esos típicos de un colegio franciscano: si no terminan como policía, terminan
como patrón, se les salían los ojos, y las manos se les escapaban. En la música,
sonaba Chet Baker, un jazz soñado. Pero soñado... fin de cuentas, llego una
señora bien grandecita, y nos hecho, “váyanse pendejos” dijo. Y bueno, no estábamos
en condiciones de llevarle la contraria, y pescamos nuestros míseros cuerpos, y
arrancamos. ¿Qué hacemos? Otra vez al auto, y mientras
Felipe conduce, el destilado entra por nuestras bocas. Eran no más de las 2 de
la mañana, y fuimos a un barrio lejano y oscuro, de los que todavía mantiene Angol.
Unas luces rojas en frente, y un largo camino para llegar a la puerta. Valiente,
valiente, y ya, entramos. ¿El escenario? Tres tipos cuarentones bailando con
unas prostitutas, dos señoras en la barra, un humo cálido salido de los
cigarrillos y una música suave del otoño. Y bueno, a lo que vinimos, dos tragos
para nuestra mesa. 5 mil pesos cada uno. una estafa. Hicimos las monedas entre todos y alcanzamos
con suerte a pagarlos. Pero ya está, la experiencia lo amerita. Un sorbete al
trago, y una vista total al lugar. Mmhmm, midiendo la situación, como siempre. Una
mujer se me acerca, se sienta conmigo, y conversamos. Mis amigos más atrás, me
miraban, yo ahí haciéndome el lindo. Tenía unos ojos bellísimos, algo pardos, y
una sonrisa que me asesinaba. Como siempre. Putos ojos y putas sonrisas les
odio. Agacho mi mirada, y de la nada, estoy bailando, ahí apretujaos, coqueteándole
a la reina que conocí en esta noche. Hola, hola, bla blá, que bella se ve,
señorita. Bum, bum, mi corazón retumba. Luego nos sentamos, y comenzamos a
besarnos. La bese toda la noche, mis amigos a lo lejos se reían. ¿Yo? No me acuerdo en que
estado me encontraba. Pero le decía constantemente, “vámonos, vámonos, ándate conmigo”.
Ella desistió, así que le deje mi número, ella el suyo, y nos despedimos con la
esperanza de algún día volver a verla. Vuelvo, y mis amigos atontaos haciéndose
los chistositos, yo como un campeón, a lo brigido. Lo que vino después no importo ni en lo
más mínimo. Ya me había enamorado fugazmente de una loca mujer. Algo ya me decía
el destino.


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