Torrenciales de invierno
En la casa de los poetas, el vino se paraba en
la mesa,
La música de los setenta sonaba en guitarras de
borrachos,
La luz casi ni iluminaba, sin embargo, todos parecían
felices,
Y olvidaban por una noche, lo angustiante de
los días.
Cuatro o cinco horas atrás, el ambiente no era
diferente.
Todos juntos, en el bar la vida, calle parecida a las del puerto de Valparaíso,
Pero que paradójicamente se situaba en el gris Temuco.
La contaminación no deja a nadie olvidado,
Pero la estación invernal de estos tiempos, le
daba la bienvenida a la lluvia
Y algo, algo poco, nos limpiábamos de nuestros
males.
Los poetas venidos desde basurales,
Algunos directamente del piso 15 de la
construcción de Montt con Lagos,
Se acercaban con caras agrias y maduras.
Otros tantos, desde sus aposentos gloriosos
dejaban su auto en casa,
Y venían a pata, con las manos en los bolsillos,
pa’ palabrear con el roterío.
La malta, hermosa morena helada, besando
nuestra boca,
Los bulliciosos, que más que ruidos, eran
kawines delirantes.
Le entregaban el ambiente necesario
Para que esto se transformase en otra noche más
de poesía,
Inhala, inhala, y a ratos todos estaban más
vivos que antes.
Las dinámicas, así como de cabros chicos, continuaban
en estado permanente,
La diosa de la poesía temuquense le daba sus palmadas
a algunos feos poetas,
Y a las afuera, me encontraba yo y mis
compinches,
Fumando faso, rapeandole a la lluvia,
Coqueteando con féminas, intermitentemente.
Y haciendo lo que los poetas hacen,
Buscar saciar los vacíos que los fríos no nos
entregan.
Todos ardemos, no se sientan especiales.
Todos ardemos, no se sientan especiales.



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